El culto de llevar el dolor al límite
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Al ver correr la sangre por sus brazos, Xavier Sánchez siente una necesidad de convertirse en un vampiro. Frena sus impulsos. Es consciente de que si lame las dos perforaciones de sus extremidades superiores, por donde le han atravesado con un par de ganchos tan grandes como para sostener un animal de varios kilos, podría adquirir alguna infección.
Por eso, prefiere perderse en la música rock que suena en el fondo. Es una suerte de “morfina”, cuyas dosis llegan cuando escucha los aplausos y gritos de la gente que lo mira como una especie de muñeco vudú al que han pinchado con varios alfileres.
Pero la adrenalina puede más. Mientras la gente llegaba a pintar su cuerpo en la Expo Tattoo Ecuador, el pasado sábado, él sabía que lo suyo era emular alguna imagen de Miguel de Santiago, pintor de la Escuela Quiteña que dibujaba a cristos padeciendo en un madero. Por eso, sin miedo alguno, dejó que también tres ganchos más atravesaran la piel de su espalda.
Con los cinco metales en su espalda y brazos, y una barra sostenida en el aire por una cuerda (como aquellas que usan los vaqueros para lazar al ganado), Xavier lograba conseguir su meta: ser un Cristo suspendido en el aire.
Para él, las suspensiones corporales son una droga que no necesitan de sustancia alguna para disfrutarlas. Son un refugio para las mentes que no tienen tiempo para pensar en la autoprotección y en el cuidado corporal.
“Esto te lleva al límite. Te hace dejar ese sentido de protección de tu cuerpo y libera tu mente”, dice poco después de haber girado por los aires. Al final de su exhibición, el suelo de la sala del Centro de Arte Contemporáneo de Quito, donde hizo su show, parecía un lienzo en el cual Jackson Pollock hacía sus primeros trazos con una pintura roja y espesa.
A los pocos minutos de haber tocado el piso, otro fanático de este deporte extremo también quería surcar los cielos. Pero no quería ser un cristo más expiando sus penas. Lo que anhelaba era ver de cabeza a la tumultosa asistencia.
Para lograrlo, José Chiriboga, de 26 años, eligió suspender su cuerpo atravesando dos ganchos a la altura de sus rodillas. A diferencia de Xavier, quien, según dijo, no sintió dolor alguno cuando las agujas perforaban su piel, el veinteañero no dejaba de mostrar su dolencia con muecas.
De vez en cuando, acostado sobre una camilla, tan negra como las que se hallan en un hospital, cerraba fuertemente sus ojos e inclinaba hacia atrás su cabeza, como el gesto del atleta a quien las piernas no le responden tras haber batallado varios kilómetros.
Así como Xavier, el cuerpo de José, que no era extraño a la agujas (por sus brazos desfilaban tatuajes de gran tamaño), cedió a ese brote ligero de sangre. Ya en el aire, mientras giraba con los brazos extendidos como queriendo alcanzar el suelo, el líquido rojo recorrió sus extremidades y tiñó parte de sus piernas.
El dolor de la suspensión, más intenso que cuando lo perforaron, se reflejaba en gestos y quejidos que fueron acallados por la estridente música que animaba a los presentes a aplaudir fuertemente y a levantar sus manos con ese típico gesto de tres dedos de los roqueros de corazón.
¿Pero qué les deja esta experiencia en su vida? ¿Qué los impulsó a hacer esto? Preguntas como estas rondaban entre el público que no dejaba de vivar a estos dos seres voladores. Por ahí, Marina Castro, quien en sus brazos llevaba a su hijo de apenas dos años, no dejaba de responder a sus amigos con la palabra “pasión”.
Ella, ya vieja en este ‘arte’, como llama a esta práctica, comenzó a suspender su cuerpo a los 18 años. Hoy, un decenio después, quisierta volver a hacerlo. Pero sabe que es un imposible ya que, mientras vivía en Nueva York, a inicios del 2009, en una suspensión la piel de su espalda se había desgarrado por el fuerte movimiento. No quiere volver a tener una cicatriz que curar y, por eso, prefiere alzar su mirada y recordar lo que alguna vez ella pudo vivir de más joven.


