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Redacción Elcomercio.com

Científicos e historiadores quedan perplejos ante los acontecimientos suscitados en el Convento de Santa Catalina de Siena. Las gruesas paredes encierran varias historias y leyendas.

Mas de 30 años atrás, hasta el Monasterio de Santa Catalina, acudieron varios historiadores y científicos para examinar las pinturas y esculturas del lugar.

Uno de ellos estaba a cargo de fotografiar cada uno de los lugares más importantes del convento, las esquinas, gradas que por su forma y antigüedad llamaban la atención.

Cuenta la historia que cuando se tomaron las fotos los lugares estaban vacíos, sin embargo al momento de revelarlas, en una de ella apareció un personaje casi borroso, como un fantasma.

Luego de estudiar mucho la fotografía se pudo reconocer que era Santo Domingo, quien apareció en la foto. Desde aquel momento en honor a la aparición del santo se construyó un farol sobre el lugar en el cual se presentó.

Algo inexplicable pero que sucedió en este monasterio.

Cantuña y su Iglesia

Redacción Elcomercio.com

Hace muchos años en la época colonial, la plaza de Quito se iba poco a poco formando y una de las más importantes fue la Plaza de San Francisco.

Cuenta la historia que una de los constructores de esta obra fue Cantuña. El indígena se comprometió con los padres franciscanos en elaborar el atrio de la plaza y de no hacerlo el castigo sería la prisión e incluso la muerte por burlarse de Dios.
Los días pasaban y el plazo casi concluía, el indio se sentía desesperado ya que a pesar de trabajar de sol a sol no terminaba la construcción.

En una de esas noches, luego de haber acabado con su jornada Cantuña se retiraba hacia su casa deprimido y cansado pensaba en el castigo que le tocaría enfrentar. Mientras caminaba, entre las piedras se elevó una capa de humo muy oscuro y un olor a azufre emergió de él. Una figuraba alta, delgada se dibujó en medio de la humareda y una voz ronca se dirigió al indígena, quien pasmado del susto no podía hacer nada solo se quedó de pie y miró con ojos de asombro al infernal sujeto.

Su voz gruesa exclamó: Mira Cantuña mañana vence tu plazo y el atrio no está terminado, pero yo puedo hacerlo por ti, a cambio solo quiero una cosa. Tú me entregarás tu alma como pago de la obra. El indígena desesperado y temeroso por el castigo que le esperaba aceptó con una condición, si falta una sola piedra en el atrio el trato se deshacía. 

El demonio convencido de que lograría conseguir el alma de Cantuña cerró el trato. En ese mismo instante desde el infierno emergieron miles de duendes y diablos pequeños que comenzaron a trabajar en el atrio. El indígena miraba asombrado como la construcción iba tomando forma en tan poco tiempo, se sentía complacido porque el trabajo estaría listo y completo. Pero sentía miedo por haber prometido su alma al diablo.

La mañana llegó, la luz del sol alumbraba la magnificencia de la plaza de San Francisco, pero Cantuña estaba estremecido por lo que le tocaría enfrentar, fue en ese momento en que pensó que debía hacer algo para remediar su terrible error.

El demonio se acercó al indígena y le dijo: yo cumplí con mi parte ahora tu cumple con la tuya. En medio de su temor, Cantuña, miró que faltaba una sola piedra en medio del atrio, y gracias a esta salvó su alma. El diablo bajó enfurecido al infierno dejando atrás solo una espesa capa de humo.

El gallo de la Catedral

Redacción Elcomercio.com

La tradicional leyenda del gallo de la Catedral, cuenta la historia de Don Ramón, un adinerado y hacendado quiteño, lleno de lujos y caprichos, rodeado de grandezas y de placeres propios de un rey.

Pero este singular personaje, tenía una terrible debilidad por las mistelas, una bebida de frutas, con un suave toque de licor. Por esto todas las noches se dirigía hacia la cantina de Doña Mariana, una chola quiteña famosa por su belleza y sus mistelas.

Foto: Elcomercio.com

Para poder llegar a la cantina, Don Ramón pasaba todos los días por la Plaza Grande y al llegar a la Iglesia de la Catedral, detenía su paso para levantar su cabeza y burlarse del gallito de hierro que se posa sobre la cúpula de la Santuario.

Pero una noche, Don Ramón se había excedido en las mistelas y caminaba desde la cantina hasta su casa, esta muy ebrio y al pasar por la catedral decidió insultar nuevamente al gallo. Este cansado de recibir tanto mal trato, bajó de donde se posaba, y de un espuelazo botó a Don Ramón al suelo, haciéndole jurar que más nunca volvería gritar y menos tomar mistelas. El pobre hombre aceptó sin ninguna duda y nunca más en su vida volvió a tratar mal al gallo.

La gente comenta que esta leyenda tiene su parte de verdad y de mentira, ya que muchos dicen que los amigos de Don Ramón fueron los que le jugaron la broma para que deje de beber. Pero muchos otros aseguran que el gallo en realidad bajó para enfrentar a quien lo despreciaba.
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