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Llegó el esperado fin de mes y Rebeca J., de 85 años, agarró su cartera café, calzó zapatos cómodos, vistió un suéter crema y salió a la calle.

Se sintió libre y contenta respirando el aire fresco de las 10:00, mezclado con el aroma de pinos, acacias y eucaliptos del parque La Carolina.

Antes, se despidió de la empleada, quien se quedó sacando brillo al piso de la acogedora casa, en los alrededores del parque.

Al llegar a la av. Eloy Alfaro se acercó un hombre alto, de terno negro. Le dijo: señora, por favor léame este papel. “No tengo los lentes”, respondió. El tipo insistió y acercó el papel al rostro. Rebeca recuerda unas letras rojas. Sintió que su cabeza se incendiaba. El hombre la condujo a un auto blanco. En el asiento de atrás había otro sujeto; el chofer arrancó y el carro se perdió por las vías del norte. A Rebeca le dolía la cabeza. El tipo que le acompañaba le decía que mataba con machete. “No haga eso, le decía, Dios nos da la vida y la muerte”.

Ella, alta, de pelo castaño y ojos almendrados, de a poco entraba a la bruma de la escopolamina.

Salvo las frases crueles del individuo cercano, no eran agresivos, más bien amigables. El auto daba vueltas y ella cree que en 30 minutos se asfixió.

Ahora, sentada en un sofá de la casa, recuerda, con rabia y dolor, que el papel que le mostró el hombre estaba impregnado de escopolamina.

Fabián Guarderas Jijón, conocido psiquiatra y docente, explica que la escopolamina, que se obtiene del floripondio o guanto, a nivel neural llega al sistema límbico (centro del cerebro) e invade el hipotálamo (parte posterior).

“La droga bloquea el sistema neurológico de los impulsos y de la voluntad; la persona está despierta, pierde la voluntad -mínimo dos horas- cae en una especie de hipnosis, escucha una voz interior, la del delincuente, que le ordena sacar dinero del banco, abrir casas o departamentos; violan a chicas”.

“No me explico cómo pude entregarles mi libreta de ahorros, volver del banco a mi casa por orden de ellos, pues olvidé la cédula; era una autómata, duele regalarles USD 10 000, producto de mi trabajo”, dice Rebeca.

Mira un óleo del río Guayas, de Guayasamín, y un colorido danzante estilizado, de Rodríguez. Sonríe. “La vida es color, pero tiene estos lados grises”, sostiene.

Como si exorcizara los miedos que la obligaron a recluirse en casa –solo sale con los tres hijos- pidió que la llevaran a retirar el dinero de un banco de la av. República, donde la conocen.

La respuesta del hombre elegante fue tajante: No. Vamos a la agencia de la av. Orellana. Ella entró al local bancario del brazo del hombre de terno, quien actuaba como si Rebeca fuera la madre. “Una cajera de abultado pelo rubio me entregó los paquetes de billetes de USD 10, pero el ladrón se dio el lujo de decirle que le diera de a 20. Lo hizo sin chistar”.

“Los bancos -explica- debieran pedir la cédula a los acompañantes de los ancianos y, al menos, dudar cuando retiran altas cantidades, eso no es normal”.

La abandonaron al final de la av. República, hacia el oriente.

“No sabía dónde estaba, lloraba, a un señor le pedí que me ubicara, hasta que di con mi calle, una vecina avisó a mis tres hijos, profesionales respetables, y me auxiliaron; tomé mucha agua, recibí atención médica”.

Más tarde fueron al banco. La hija de Rebeca reclamó: “¿Por qué dieron tanto dinero a una persona mayor?”. “El banco no asumió nada, no me devolvió un centavo”. Se acomoda en el sofá. “Me dejó mal, no quiero que le pase a nadie”, dice. Guarderas y el doctor David K. (pidió el anonimato) coinciden en que el 99% de afectados sufre depresión leve o severa, según la dosis. Al igual que Rebeca, este Diario conoció, en 2012, 10 casos de asaltos con escopolamina a gente mayor. A un pasajero de bus le inyectaron y salvó su vida porque pidió ayuda.

El doctor Gonzalo Aguirre, director de Docencia e Investigación del Hospital Padre Carollo, un canto a la vida, asegura que al menos tres pacientes por semana vienen al hospital de Solanda, atacados con escopolamina.

“La droga vino de Colombia, allá por el 2002, aquí no la conocíamos, su uso aumenta”.

Según el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana, entre enero a junio del 2012 hubo 224 denuncias por asalto mediante drogas, mientras que en el 2011 se registraron 250 casos. No fue posible obtener cifras concretas en la Policía Judicial, entidad que lleva las denuncias, a pesar de la insistencia de este Diario.

Fabián Guarderas sostiene que muchos adultos mayores y sus familiares no hacen la respectiva denuncia por temor. “Ocurre lo mismo que en los suicidios: las personas prefieren callar, a ratos se convierte en un tabú, por ello es muy complejo precisar las cifras exactas”

El Eugenio Espejo trató a 9 personas asaltadas por escopolamina, en 2011 y 2012. Las edades, entre los 17 y 56 años; dos mujeres y siete hombres. El Dr. David K. afirma que atendió a 26 personas, seis eran ancianos.

Doña Rebeca se acerca a la ventana. Siente temor. Mira a los autos que pasan. “Cuídense en esta ciudad de miedo”.

La semana pasada, Mariana B., de 82 años, caminaba por la calle Capitán Ramón Borja, en la Kennedy. Dos mujeres y un hombre le cerraron el paso. “Señora, vea este catálogo de joyas”, le dijo él. Ella percibió un olor intenso. La subieron a un auto gris. En unos 20 minutos vino la orden del hombre: trae de casa las joyas y el dinero.

Lo hizo. Lo más difícil: calló varias horas por temor. Una vecina la auxilió, avisó a los hijos y la llevaron a la clínica, en la que le pusieron sueros. Le dejó una enseñanza: no confiar en extraños y salir siempre acompañada.

Los asaltantes no se contaminan, ya que se untan en las manos pega blanca común, forman un guante invisible y no permite que la droga entre a los poros. “La preparan con elementos volátiles, alcohol, éter, cloroformo, le ponen en botellas de spray y las accionan en centros comerciales, salidas de bancos, cines, esperan hasta que el efecto surta”, dice David K.

Testimonio  Roberto A. /Jubilado, residente en Puembo

‘Casi pierdo  USD 15 000, fue terrible’

“Me llamo Roberto A. y fui asaltado con escopolamina al salir de un trámite en un ente público de Puembo. A mis 81 años recibí un  susto tremendo.

En el tumulto de la gente, se acercaron dos mujeres de vestidos brillantes, de lentejuelas verdes y azules.

Era mediodía. Hacía mucho calor. Una mujer me dijo: Don Luisito, a los años que le veo, y  estrechó mi mano con fuerza. Yo soy un caballero y jamás podía negarle la mano a una dama.

Me costó caro. Vino un leve mareo y me llevaron a una camioneta de doble cabina. Conducía un hombre. Las dos  me acomodaron en medio de ellas. Cerraron las ventanas. Percibí un olor feo, de perfume barato, de flores podridas. Les llevé a mi casa, en las afueras del pueblo.

Me ordenaron que sacara la billetera. Lo hice sin protestar. Fuimos con rumbo a Quito, a un banco conocido.

Presenté el cheque. No había tanto dinero,  nos llevaron  a otra sucursal. Al cruzar la calle recibí aire, eso me ayudó, intuí que me iban a robar.  En el banco  me dieron  USD 15 000. La mujer de vestido verde, siempre a mi lado,  pidió los billetes en funda.

Me opuse. Los guardé en el pecho. Eso espantó a la dama. Salimos. En un semáforo en rojo de la av. 10 de Agosto, antes de La Y, logré escapar del carro. Un coronel de Policía me auxilió. Con él volví al banco a dejar el dinero.

Cuando huía de los asaltantes corrí sin ver atrás. Clamaba a los autos que pararan. Otra vez se formó una cola de carros. Me lancé a un taxi. Gracias a Dios ahí estaba el coronel que me apoyó. Mis hijos ya llegaron”.

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